Bienvenidos
Maria Leonor Baquerizo.com
EL CAMINO

     El lugar era diferente. Caminaban amontonados. La voz repetía que no se salieran el camino,  como si eso fuera posible en esa multitud y estrechez.
      La hilera era larga. El murmullo fastidioso. La gente desconocida.
      Y ahí ella, avanzando sin saber adonde, con una mochila que pesaba mucho.  Cada cierto tiempo se enderezaba con exageración, para sentir alivio.
      La cabeza la tenía pesada. Había caminado bastante.  Entraban a un lugar muy frío, contrastante con el calor anterior. Miró a todos lados. El techo era sumamente alto e irregular. Nadie se quejaba. Avanzaban sin mirar. La voz seguía repitiendo no separarse.  Alzó los hombros.
    El reloj se afloja y cae al piso. Era lo último que le faltaba, no saber cuanto tiempo había pasado. Se agacha a recogerlo. Abre los brazos para que no la pisen. Busca.  Ve piernas que avanzan, nadie se detiene. Son todas diferentes. Quiso recordar su cara pero no pudo. Ya no veía las piernas, sólo escuchaba el ruido que hacían los zapatos.  Ese reloj era importante para ella. Siguió buscando. Las pisadas  se alejaron, que alivio,  tendría más espacio.
     Dejó de escuchar la voz. Le asustó verse sola.
     Pero estaba el camino, sólo tenía que seguirlo. El frío se acentuó. Que raro, parecía haber llegado al final, pero no podía ser. ¿Y la gente? Pensó en algún rostro, pero fue inútil.
      Empezó el regreso. Levantó la mirada y no pudo precisar la altura. Encontró una puerta. Miró antes entrar.
     Sólo se veía un cuadro. Era un paisaje no muy claro. Caminó un poco  más, estaba oscuro, pero pudo ver que había otro cuadro, el doble del primero.  Se lo quedó mirando.  Era el mismo paisaje, aunque no se podía distinguir bien. Se fue sintiendo más tranquila pero intrigada.
     Había otra puerta.  Entró con curiosidad.  No se veía casi nada. Del un lado había un muro negro y al frente un cuadro inmenso, tres veces más grande que el primero.  Era el mismo paisaje.  En la esquina se veía una persona con traje oscuro, con el rostro distorsionado.  No podía distinguir si era hombre o mujer.
     Algo la hizo estirarla mano y tocar esa cara.  De pronto se encontró dentro del paisaje. No podía ser.  Empezó a caminar pensando que desvariaba.  Vio algo, era un túnel oscuro. Entró en el.  No se podía quedar ahí, siguió,  lo hacía al ritmo de sus latidos, muy lento, a ratos se sentía desfallecer.
    Una ventana. Se asomó ansiosa.  Lo que vio fue u cuarto grande en penumbra. Al fondo le pareció distinguir algo, se empinó.  Tres niñitas jugaban con sus muñecas.  Se las quedó mirando, con los ojos tan abiertos que sintió que se le resecaban.  Eran rostros conocidos.
    Entonces se abrió una puerta. Entró un hombre.  Sonreía maliciosamente, tenía las manos más grandes de lo normal.  Caminaba hacia ellas,  las dos mayores se reían en forma burlona y se iban.  El hombre se acercaba a la niña,  sus ojos tenían un brillo perverso.
     -Huye, huye- dijo jadeando.  La niñita se mantuvo quieta.
      Ni la oyó, ni huyó. Sólo suplicaba con la mirada.
     Ella se apresuró.  Adelante  había otra ventana.  Era una mujer, miraba por la puerta  entreabierta disfrutando lo que veía.  La odió,  la odió más que nunca.  Sabía quien era. Se   dejó caer en el piso.  No entendía.
     Se fijó en otra ventana,  se asomó con temor.  Era una mujer con la cara de la niña.  Estaba feliz en su boda. Sonrió tristemente.  Avanzó un poco más. El túnel se volvía más estrecho.  Pensó que no podía seguir avanzando.
     Fue cuando vio una ventana muy  pequeña, se acercó con dificultad.  Había una cama, una mujer lloraba ahí sentada, no podía distinguir su cara.  Un hombre se paseaba a su alrededor.  Tenía un palo en la mano.  La mujer sólo lloraba,  lloraba en silencio.  No tenía boca.
        Ella empezó  a sollozar.  Lo hacía mientras su estómago subía y bajaba.  Buscando su boca, se tocó la cara.




María Leonor Baquerizo Díaz Granados  - Sólo quería entender   Editorial imaginaria 1999


María Leonor Baquerizo