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Maria Leonor Baquerizo.com
UN POSTULADO

        Llegó  a su casa. La palabra seguía dando vueltas en su cabeza, tal vez buscaba un significado que consintiera sus ideas. Avanzó al estudio. Prendió la luz y sacó el diccionario torpemente, lo abrió directo en la e; excelente, excéntrico, excepción, excepto; pasó a la otra columna fastidiada por su idiotez, era claro el significado de excesivo.
       Lo encontró; excesivo: "que excede". Ella  sabía de esa palabra, exceder: "aventajar, ser más grande. // Pasar los límites justos, propasarse". Sonreída dejó el libro  sobre el escritorio y subió las escaleras. Era tarde, y la verdad no le importaba  el significado.
      Valió la pena celebrar. El examen final había sido perfecto. Recordó las caras de Julia y Andrés al recibir los temas. Los tres se hablaban con la mirada, luego fue el pretexto para esa excesiva celebración. Pero ella sabía que no era exacto, tenía fallas.  No tenía la exactitud de los números. Dudaba; y no sabía de qué. Pero era una realidad que estaba dudando.
      Pensó en los números,  tampoco eran reales. Contaba los escalones mientras subía; seis, siete, ocho… miró los que dejaba atrás;   al bajar, sólo uno sería siempre el mismo. El resto se convertirían en sus opuestos. Entonces pensaba, aunque no muy claro, que el  comienzo de algo también podía ser el final. Nuevamente dudaba, de lo que pensaba e inclusive de lo que podía ver.
       En esos días le habían insistido que todo eran números, "no los tiene que buscar, aparecen solos",  nos repetía como fanático.
      Llegó al último escalón, fue a su dormitorio y empezó a buscar. Iba a comprobar que no existían. A pesar de que había pagado mucho por aprender más de esos números. Miró hacia su velador, un diccionario, no tan grande como el que dejó abierto. Conectó la lámpara, no prendió. Había dos lámparas, pero una no servía, eso le dejaba sólo una. A lo mejor el profesor tenía razón y todo  era matemático.

         Se dirigió al baño para no molestar al hombre que dormía en la mitad de la cama. Encendió la luz. Buscó la palabra número  por curiosidad; leyó: "resultado de comparar una cantidad tomada como unidad,  con otra cualquiera. // Signo con que se representa". Eso quería decir que en algo había acertado,  cerró el diccionario complacida. Las lámparas eran reales, con o sin número, estos aparecieron gracias a ellas, el dos fue; y luego quedó en uno. En eso él tenía razón, era una operación matemática. En ese cuarto había muchos uno. Que significaban solamente eso. Aún con el signo era muy poco. Todo multiplicado por  eso mismo daba lo mismo.
       Miró al hombre. Era real, y era un uno. Recordó los números reales. Probaría con él. Sonrió pensando en una figura geométrica.  Tendría que ser exacto si era parte de este mundo matemático. Pero sabía que luego cambiaría de forma. Entonces podría ser un signo o podría contener todos, o tal vez habría que sacarle su factor común. Creyó que esto era excesivo, pero se alzó de hombros.
      Se acercó a él, le quitó la sábana con la que se tapaba, le incomodó la falda; se la sacó. Lo seguía mirando, le gustaba observar, eso no quería decir que todo lo que veía le agradaba. La pierna de él estaba doblada de tal forma que parecía un triángulo, cualquiera, el nombre le daba igual. Empezó a gustarle el jueguito, pensó en múltiples reacciones. Era un signo, porque era más de una. Se multiplicaban. Al parecer él dormía profundamente. Ella se sacó la blusa y sumó un pensamiento, pero le restó otro. Le gustaba más la idea. Era como una multiplicación  de expresiones mixtas, pero sin seguir las reglas.
      Cogió la pierna muy suave y empezó a estirarla.  El triángulo perdió su forma. Se volvió imperfecto. Tomó su mano, besó muy despacio dedo por dedo, mientras los contaba, eran dedos y de pronto apareció el número: cinco. Luego la otra, y no supo como decir: cinco más cinco, o cinco por dos, si era el mismo resultado; cada vez le importaba menos. Siguió. Se pegó a él, había sumado y restado ya varias ideas o deseos, no sabía con claridad.
       Su mano comenzó a dibujar líneas rectas en su espalda. Lo observaba. Él se movió, la miró y sonrió complacido. Con una seguridad excesiva, precisa.  Pero él no sabía que esa precisión no existía,  que alguien la había inventado. Entonces ella quiso ordenar sus pensamientos y comprenderlo, o mejor no comprender bien, y sentir desordenadamente. Se sentía con ventaja, lo que ella quería, sólo para ella podría ser demostrable. Cerró los ojos y se dejó llevar por la suma de todos los números, sin buscar la exactitud de nada.



María Leonor Baquerizo   - Sólo quería entender   Editorial imaginaria 1999


María Leonor Baquerizo